sábado, 24 de julio de 2010

Francis Scott Fitzgerald


Yet high over the city our line of yellow windows must have contributed their share of human secrecy to the casual watcher in the darkening streets, and I saw him too, looking up and wondering. I was within and without, simultaneously enchanted and repelled by the inexhaustible variety of life.
The Great Gatsby

viernes, 9 de julio de 2010

Diez centímetros


A diez centímetros del precipicio. Me gusta. Ahora voy y sueño que me tiro. Que te tiras un pedo, cabrón. Dice mi madre que siempre que cuento una historia estoy borracho. Bueno, decía… y estaba, aunque ahora también estamos borrachos. Hemos vevido al menos lo suficiente para escribirlo con uve. Los dos compartimos una cosa, que tenemos argumentos para ser patéticamente victimistas. Yo cuento su historia: tenía mujer y dos hijas, y un perro, y un Audi de segunda mano y un trabajo cómodo y bien pagado. Ahora no tiene nada. Pero se ríe y el que se tira el pedo es él. Apuntando al vacío que se abre a diez centímetros. El mar ruge ahí abajo y me gusta. Hace un día soleado y el horizonte sirve para ponerle un fondo al escenario, para nada más. Mi historia, por cierto, es más triste aún: yo odiaba los Audi y no me gustaban los perros, tenía un trabajo de mierda y mi novia no quería tener hijos. Ahora, estoy apunto de perderlo todo.
Porque el clímax no existe, cuando se tumba sobre la hierba y bosteza, le digo:
- ¿Has probado alguna vez las peras al vino?
Se ríe con dejadez y no contesta:
- Mi madre las hacía los días señalados y no las podía ni ver. Y tú te crees que la primera vez que las probé fue en una fiesta que organizaba una belga y preparadas por un americano de Buffalo.
- ¿Y te gustaron?
- Pues no, la verdad es que no.
Bosteza otra vez y se estira de tal manera que los pies le cuelgan más allá de los diez centímetros que nos sirven como frontera.
- Peras al vino… a quién se le ocurriría. Con el vino no se juega. Ni se cocina.
- Ni se conduce.
- Por eso, así que luego nos volvemos andando.
Y me vuelvo para ver el coche abandonado a unos doscientos metros, justo donde terminaba el camino de tierra que llevaba hasta al acantilado.
Mi madre es peluquera, así que ahora no me cuesta nada contaros que él perdió a su mujer porque bebía pero luego ella murió de cáncer unos meses después de que él dejara la bebida. Las hijas no le perdonaron nunca. Hay cosas que no se entienden, y ellas no supieron superar la extraña asociación que hicieron entre la enfermedad de su madre y la de su padre. Lo del coche fue otra cosa. Lo del trabajo ocurrió cuando volvió a la bebida. Lo del perro fue parecido a lo de sus hijas. Los perros son aún más sensibles que las hijas. Lo mío es distinto, pero como mi padre era un troquelador de pocas palabras, me lo voy a ahorrar, y solo os digo que ahora a mi novia si le gustan los niños y hasta quiere un Audi y un perro y un novio al que le gusten todas esas cosas. Así se lo conté a él cuando nos conocimos con los codos juntos en la barra del bar. La emigración ofrece estos extraños nexos de unión. También ayudó que nos gustara el vino.
Por cierto, de un último trago termina la última botella y se incorpora. Mira hacia el vacío y lanza hacia allí la botella. Se asoma sin miedo para ver como se rompe contra las rocas. O quizás cae al mar, porque yo no me asomo. Le tengo miedo a las alturas, o las alturas me tienen miedo a mí, no sé muy bien. Me atraen, pero me repelen. Y si yo las repelo, me atraen aún más. Estoy pedo.
- Te voy a hacer una pregunta.
Dice poniéndose de pie.
Yo le miro.
- Tú… ¿Tú eres consciente de lo patético que es todo esto?
Me río y evito su mirada. Por mucho que seamos sarcásticos, la conciencia sigue siendo igual de jodida.
- No, en serio, tío. ¿Tú eres consciente?
- Lo soy.
Me gusta el fondo de este escenario. Me gusta como huele el mar ahí abajo, la palpitante presencia del vértigo como si fuera la chirriante musiquilla interminable de un despertador irritante. Qué graciosa metáfora, ¿verdad?
- Eres consciente entonces, eso está bien. Pues ahora elige.
- ¿Cuál?
- Elige, digo, tienes diez segundos uno por cada centímetro. Elige entre A y B, entre B y A.
- ¿Entre qué?
- Tú elige.
- ¿Pero el qué?
- Uno.
- Voy a elegir…
- Dos.
Está haciendo unos extraños estiramientos.
- Tres.
- ¿Qué haces tío?
- Cuatro.
- Volvamos al bar.
- Cinco.
Me vuelve a mirar y se ríe.
- Seis, elige tío.
- Pero el qué.
- Siete.
- ¿Un Audi? ¿Quieres que elija un modelo de Audi?
Se ríe y me vuelve a mirar. No le conozco. No porque no le conozca, que no le conozco, no le conozco. Esos ojos no los conozco. No entiendo. No entiendo todo esto. Soy un puto crío. Un ignorante. Hay una esencia que no aprecio, que solo temo, como me pasa con las alturas.
- Ocho.
- Voy a elegir un perro también, ¿sabes? Me gustan los Yorkshires, me sientan bien con las blusas floreadas.
- Nueve.
- Ya está. Solo me quedan un par de hijas…
El silencio es espeso. El tiempo es rugoso. La brisa del mar, el oleaje, el fondo del escenario, todo es irreal.
- Diez.
Murmura. Y me río cuando le veo saltar al vacío. Diez centímetros. Como una lívida frontera entre la realidad y la ficción. Elijo la segunda. Y no me asomo para ver si cae al agua o sobre las rocas.

sábado, 12 de junio de 2010

La final del Mundial


Te voy a contar una cosa para que sepas de verdad quién es tu padre: la primera vez que me partieron la cara, la Italia de Paolo Rossi ganó el Mundial de España de 1982. Tú ni te acordarás, qué te vas a acordar. Ahora te gusta pegarle patadas al balón, pero no sabes ni quiénes era Karl Heinz Rummenige o Michel Platini. Para qué. Ya sabes quiénes son Messi y Cristiano Ronaldo. Ni tan siquiera te hace falta atender a tu padre cuando habla de Manolo Sarabia. Ya no sale en los cromos de los álbumes, ¿verdad? Pero existieron. Todos existieron, y ahora no sabemos muy bien para qué, pero en su día servían para dar alegrías, o algo así. Digo yo que también venderían camisetas, claro. Creo que Johan Cruyff hasta hacía anuncios de pintura acrílica. A lo que iba, que me partieron la cara. Y me lo merecía. Era la final del mundial, yo estaba borracho y el tío que me cruzó la cara tenía toda la razón de su parte. Delante de todo el bar, antes de que pitaran el final de la primera parte, se dio media vuelta, me miró primero a los ojos, y cuando fui a abrir la boca para tartamudear, me la cerró de un puñetazo certero. No te lo creerás, pero estas cosas ocurren: recuerdo con claridad los segundos sostenidos en los que me ausenté de allí. Quiero decir, la sorpresa de la experiencia física y la gravedad que me empujó hacia el suelo, lo recuerdo nítidamente. Fueron solo unos segundos, pero a mí me dio tiempo a ser consciente de todo lo que había ocurrido. Si exagero, me dio tiempo hasta intuir lo que iba a pasar. No lo que iba a pasar a continuación, cuando aparecieron amigos por todos los lados y le devolvieron con generosidad toda la agresividad de su puñetazo al italiano. Me refiero a lo que iba a pasar mucho tiempo después, a todo lo que vino luego, a lo que ha sido mi vida, hasta hoy. Hasta hoy cuando vuelvo a estar borracho aunque no haya bebido una puta gota de alcohol y me atrevo a contarte todo esto. Somos así, hijo, no somos conscientes de la repercusión de todo lo que sucede a nuestro alrededor, pero todo repercute, todo emborracha. Pobre italiano, no pudo celebrar la victoria de su selección. Si me preguntas, no le volví a ver. Si quieres saber por qué me pegó, pregúntale a tu madre. Si te preguntas a qué coño viene todo esto, piensa en lo que ha pasado estos últimos días y acuérdate de ello cuando la semana que viene le preguntes a tu madre cuándo va a volver papá. Si es que te lo preguntas, claro. Y, por cierto, gane quien gane el mundial de Sudáfrica, jamás se te ocurra decirle a un italiano que, para ver como le pegan a la pelota, es mejor golpearte las tuyas contra el trasero de su madre. Ésa fue la primera vez que me partieron la cara, aunque, la verdad, ha sido mucho más dolorosa esta última. Ni tan siquiera he podido consolarme pensando que podría sacar una lección de futuro. Espero que, al menos, te sirva a ti. Y, una última cosa, algún día entenderás que Manolo Sarabia, digan lo que digan, fue mucho mejor jugador de lo que serán nunca Cristiano Ronaldo y Messi. Tú confía en tu padre, ya lo entenderás cuando te partan la cara por primera vez.

Café Puerto Rico


Los putos montajes fragmentados de las películas independientes y la estructura del videoclip nos han cambiado la percepción. Piensa también en la fotografía: las exposiciones fotográficas, las campañas publicitarias, las portadas de periódicos y revistas. La página principal de tu web preferida. Después, siéntate a tomar un café en una cafetería. Mira por la ventana. Tu percepción del movimiento ha cambiado. No tienes habilidad para secuenciar tu atención. Vas de las ramas que mueve el viento, al tráfico inquieto, al transeúnte con prisa, a la señora que se asoma al balcón. Vas prestándoles atención a sacudidas, en fracciones, a un ritmo pixelado y descompuesto. Cuando terminas, no te acuerdas de nada. Solo guardas un eco entrópico e inconsciente sin certezas viscerales. Tampoco racionales. Solo pura y reveladora estética. Y lo peor de todo esto es que gracias al cine americano y a la industria musical, tampoco eres capaz de compartir esos pensamientos con nadie más. Solo con el vórtice silencioso de la red virtual, así que tecleas mientras bebes café, miras por la ventana y piensas en cómo serás capaz de descargarte la película de Omar Rodríguez López.

jueves, 10 de junio de 2010

La verdad (te digo)


La verdad es relativa. La relatividad lo impregna todo. Quedan nueve días para mi cumpleaños. Nueve. Nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, treinta y cuatro. ¿Te lo crees? Llaman a la puerta y abres sin mirar por la mirilla. ¡Sin mirar por la mirilla no! ¡Con los tiempos que corren! ¿Quién es? ¿Es el escritor? ¿Es el personaje? Con los tiempos que corren, quien sabe. Las teorías ya no son verdades absolutas. Nunca lo fueron, pero ahora, la relatividad lo impregnant todo. Te lo digo de verdad, estoy hasta los huevos porque por más que busco no encuentro huevos del uno. ¿Sabes lo de los números?, ¿no? Tío, en los tiempos que corren deberías mirar por la mirilla. Un tío llamó a la puerta y me dijo: si pone un 3 en el código de barras, se ceban con los pollos que no veas. Si pone un dos, pues bueno, pero ve y pregúntale a las gallinas si sí o si no. Si pone un uno o un cero, entonces sí, aquello es el paraíso de las aves galliformes. Gallifantes. Éramos como dos gallinas en la media tarde, apostadas en el palo mientras el horizonte empezaba a arder sin misericordia alguna, decía Lodovico, mientras Antonio Dusi miraba por la mirilla porque acababan de llamar a la puerta. La verdad es un protocolo TCP/IP. Eso es internet, un gallinero, un gallinero relativo. La verdad te digo, como esto no cambie, va a poner huevos del uno su puta madre.

miércoles, 2 de junio de 2010

Handic-up


Tengo mis motivos, por muy ridículos que sean. Hacer el ridículo me mola. Como usar me mola para parecer más ridículo... también me mola. Tengo un handicap muy bueno, le digo, y se me queda mirando con recelo. Así que me lanzo, ¿qué gomina usas, por cierto?, me encanta lo pringoso que te queda el pelo. Y se echa para atrás. Arrastra su cubata hacia él, como si se lo fuera a robar, y eso me hace gracia, porque la barra es libre, y me echo a reír, quizás, y solo quizás, de una manera ridícula que le haga creer que estoy loco: handic-up. Handic-up. Me ha entrado el hipo. Se vuelve y mira hacia la mesa y se cruza su mirada con la de su amigo, y sonríe incómodo, y sin saber cómo, dice, "perdoname" y se va. Yo no dejo de reír.
Tengo mis motivos. Me han invitado a una boda de pijos, te lo digo así. ¿Y qué hago yo aquí? Pues emborracharme, claro. A mi mujer se la ve cómoda. Demasiado cómoda. No me ha echo caso en toda la puta cena, pero no se lo echo en cara, la culpa es mía, he pasado más tiempo en la barra que en la mesa.
Ella llena el hueco de mi amigo engominado por sorpresa:
¿Qué haces?
A ella no la miro a los ojos.
Nada, celebrarlo.
Ya no me río. Sé que todo el mundo sabe que el tono de voz informa más que las propias palabras que pronunciamos. Así que, como eso no puedo trasladároslo, lo pongo en mayúsculas, aunque ella lo susurrura:
PUEDES HACERME EL FAVOR DE VENIR A SENTARTE A LA MESA CONMIGO... Y DEJA DE BEBER.
Claro.
Y se pone de pie y con agilidad sortea a la gente que ya ha termiando de cenar y sale y entra de la sala, saludan y no lo hacen, bailan y se tropiezan, hablan y ríen o permanecen sentados como trasportados a otra dimensión. Yo voy detrás, en mi propia dimensión, ridícula dimensión en la que me mantengo en equilibrio porque noto el frío y húmedo tacto del vaso de cubata en mi mano. Su hermana mayor nos espera en la mesa, con la misma cara de reproche que ponía mi madre cada nochevieja.
Antes de llegar, murmuro:
Handi-cup, imitando el hipo.
Y ella se da la vuelta de golpe.
¿Qué?
Por el rabillo del ojo veo a mi amigo engominado hablando con el novio sin quitarme ojo.
¿A ti te gusta el golf?
La mirada de su hermana es tan penetrante que me siento desnudo. Pero me gusta sentirme desnudo, porque así me siento más ridículo aún.
NO SEAS GILIPOLLAS.
Dice mientras se sienta, y me siento a su lado obviando todas las palabras que ha dicho y con el tono de voz con que lo ha dicho porque aún siento el húmedo y frío tacto del cubata en mi mano.
¿Tú me quieres?
La hermana suelta una sonrisilla pérfida.
¿QUÉ?
Deberíamos hacernos pijos.
DEJA DE BEBER.
De verdad, ¿verdad, querida hermana? Yo creo que haría un pijo estupendo, solo necesito un poco de gomina. El golf se me da bien... Tengo un handic... handic-up...
Me vuelve el hipo. Y ella me mira con dolor, con vergüenza, con el amor destilado con el que me miro aquella primera vez. Me siento ridículo. Agusto y ridículo. Suelto el cubata y me pongo cómodo en la silla. Hipo.
Yo también te qui-e-qui-e, ro, hip. Digo y me siento felizmente ridículo mientras me giro, me encuentro con mi amigo el engominado y le guiño un ojo en un gesto que el convierte en una mueca de asco.

lunes, 24 de mayo de 2010

Poppy Z. Brite


Muy bien, pensé. Me hundiría en la tierra, vertería los jugos nutritivos de mi cuerpo en las raíces de brezo, dejaría que los los gusanos y los escarabajos desmenuzasen la masa de carne tierna entre mis huesos. Pero la tierra tampoco me aceptaba. Estaba atrapado dentro de la bóveda de cielo, tierra y mar, separado de todos ellos y fundido solamente con mi propia carne miserable.
El arte más íntimo

martes, 18 de mayo de 2010

Neil Campbell


As in a complex transfusion, any closed system needs "new blood", any rooted space needs rerouting and opening up, any house must be unhoused.
The Rhizomatic West

domingo, 16 de mayo de 2010

Los pistachos


Dale (léase Deil) tiene que comprar pistachos. Kerry (léase como se escribe) le pregunta por qué justo antes de estornudar y quejarse de las putas corrientes. Así que Wax (léase Güaks) no deja que Deil conteste y repite ¡las putas corrientes! Esta casa está llena de corrientes, repite Kerry y dice que sí con la cabeza, ajeno al sarcasmo de Wax que si entiende Putnam (léase petnen, o al menos así lo digo yo), y se ríe pero se aburre y cree que puede ser mejor volver a lo de los pistachos, así que mientras yo me levanto para cerrar una ventana que abrí hace tan solo cinco minutos por el intenso humo del tabaco, Putnam pasa de Kerry y Wax y sorprende a Dale que había vuelto a sentarse en el sofá con la chamarra ya puesta y las llaves del coche en la mano: ¿pistachos? Dale tampoco entiende el sarcasmo y nuevamente repantingado en el sofá dice que sí, con la cabeza, y se explica: los pelo, los troceo, los machaco y los mezclo con el pienso, a mi perro le encantan. Todos nos callamos: alguien habla del austrolopitecus en el televisor. La noche se echa encima. Yo vuelvo a mi silla, cojo el taco de cartas, y barajo sin interés. Toda la tarde tirados sin hacer nada. Con la ventana cerrada, el olor a marihuana es más intenso que nunca. Quiero decir: tíos, yo tengo cosas que hacer, pero igual es por la hierba, o por el cóctel de marinada y cointreau que se empeñó en inventar Kerry o por la molicie instantánea y perenne de esta época del año, de este periodo de mi vida, de esta experiencia vital en general y no me voy a poner más reflexivo. El caso es que no puedo decir lo que quiero. Es la censura del abandono trascendental. Me gusta, me hace cosquillas, aunque también se me ha dormido la pierna. Dale se levanta de una vez por todas y salta sobre las piernas de Kerry tumbado en el suelo y pasa rápido por delante del televisor y ya en la puerta de la cocina, se gira, y apenas vocaliza: vuelvo en un minuto. ¿Te llevas el coche?, le pregunta Kerry con las manos cruzadas sobre el estómago. Ya se ha dado la vuelta y se escuchan sus pasos por el pasillo. ¡El puto economato está a dos manzanas! Le grita Wax que ha empezado a liarse otro porro mientras Putnam le mira sin prestarle atención. Bostezo. Si vas a hacerte un porro, abro la ventana, y me pongo de pie. Suena el timbre al fondo del pasillo. Yo no voy, digo. Kerry se ríe: la ostia, los austrolopitecus. Un ligero golpe en la ventana a donde aún no he llegado. La abro. Dale está debajo, con el coche en marcha, y con los brazos en alto. La última piedra que tenía en la mano, la tira pero no llega a la ventana. Dile que me traiga a mí también pistachos, Kerry está buscando el mando del televisor por el suelo. Wax y Putnam comparten el cigarro mientras bostezan en conjunto. Qué ostias quieres, le grito a Dale y con los brazos aún en alto grita: ¡hay un 187 en la parroquia!

Kerry se pone de pie como un resorte pero Putnam ya ha salido corriendo por el pasillo. Wax le da un último tiro al porro, me mira, ¿por la ventana? Y sin pensarlo, salto al alféizar, de ahí caigo a la cubierta y Wax me sigue hasta que saltamos los dos al mismo tiempo sobre el césped mullido. Kerry ya corre hacia el coche. Dale al volante aprieta el acelerador. Mientras chirrian las ruedas al girar en la esquina, Dale sin inmutarse grita sobre la música a todo trapo de The Mohawks: ¡tengo que parar a comprar los pistachos! Frenazo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Lavina Fielding Anderson


The way we arrange the words is determined by and in turn determines the way we arrange our reality.
The Grammar of Inequity in Women and Authority

viernes, 14 de mayo de 2010

Jaquelberrifin vuelve a casa…


Dios, siempre he odiado las historias sobre gente que regresa a casa. El anuncio del Almendro y todo eso, siempre he odiado ese tipo de historias. Y ahora mírame, de vuelta en casa. Me retumban todas las palabras. ¿Vuelta? ¿Casa? Qué ganas de ser jodidamente irónico. Casa, dice. ¿Dónde? No hay nadie. Hay paredes. Tienes una puerta, una llave que la abre. Todo. Tienes una puta casa a la que has vuelto. ¿Y qué? No hay nadie en casa. Eso es lo que pasa cuando vuelves no por Navidad, si no por un funeral. Habría pasado lo mismo si hubiera vuelto por un cumpleaños, ¿verdad? Me retumban todas las putas palabras. Quizás es por el vacío de la casa. Pero no pienso ponerme triste, si es que sé lo que es eso, que lo sé, pero he trabajado durante tanto tiempo mi sarcasmo que he acabado por creerme que me gusta ser extranjero. Yo elegí. Elegí las rutas en lugar de las raíces. Quise que mi identidad fuera ésa: móvil, perecedera, espontánea, imprevista, esquiva, aérea, fluctuante. Lo quise y lo quiero. Quiero sentir este dolor porque sé que es pasajero, que existe, pero soy pasajero de los viajes que me alejan más que me acercan. Y eso me gusta. Me gustan los paisajes. No me gustan los espacios. Ése he sido. Ése elegí ser. Odio hablar en pasado, en presente perfecto. Me retumban los tiempos verbales. Sabía que iba a pasar esto. Sabía que iba a volver aquí, porque volver e ir forman parte del mismo movimiento. Me retumban las paredes, la puerta, la llave, los marcos de los cuadros y las fotos que quedan en el centro. Casa, dice. Es lo que quisiste. No hay que buscar las conclusiones, no te gustan los destinos, sabes que no tiene sentido, pero ya está. Quizás es por el vacío de la casa. Quizás es que no puedes llenarlo. Quizás es que no te llena. Quizás jamás puedas ser Huckleberry Finn.

miércoles, 5 de mayo de 2010

A qué huele la noche


Todo parece detenido. La noche huele. No sé a qué huele pero huele. Quizás son los árboles o la yerba. Hay luz en la casa. Creo que es el salón. No puedo perder más el tiempo pensando en que la noche huele, pero me gusta. Me gustan las sombras. Tengo el mar de espaldas y lo oigo. Me descalzo y me gusta. Me gusta todo esto. Pero no puedo entretenerme. Tengo dos mentes, y hay una que empieza a molestarme. Así que susurro mientras me escondo detrás de un árbol cuando veo que se aproxima una luz por la carretera que corre paralela a la orilla, así que susurro: piensa y déjate de olores. Vuelvo a asomarme a la valla pero la yerba me hace cosquillas en los dedos. Me concentro: cuarenta y cinco metros. En la primera tanda, treinta metros. Suelo, en la zanja. Treinta segundos. Obserbas. Diez metros hacia el este en ese cae detrás del coche. El camino es de tierrilla, sálvalo, cinco metros de rodeo en contra de la luz. Bajo el porche. Treinta segundos. Tres pasos, dos pasos, tres pasos, puerta de la cocina. Treinta segundos. Ventana. Tres pasos, gateas, diez segundos. Ventana del salón. Ya está. Pero mientras tanto ha seguido cosquilleándome la yerba en los dedos. La noche huele a yerba y sal. El cielo fucsia. No sé por qué conozco la palabra fucsia. Todo parece detenido. Me gusta como huele. Cállate. Me gusta como huele. Cállate, joder. De un golpe seco, salto la valla y me lanzo al suelo. La yerba está húmeda. Es agradable. Desde el suelo el cielo parece enorme, la casa gravita. No sé dónde he aprendido esa palabra. Corre, agáchate, recuerda, treinta metros hasta la zanja. La luz sigue encendida. Corro, agachado, recuerdo, me tiro a la zanja. Es arena. Un antiguo bancal. Estoy de espaldas. El mar se ensancha, se agranda, se pierde en el horizonte. No sé qué ostias me pasa, coño. Los árboles silban. La noche se aproxima con su olor a yerba y sal. Treinta segundos. Salto, en zig zag, en silencio, no se me oye, no camino, no corro, levito sobre la yerba, soy bueno, llego al coche. Frío. Evito la gravilla, cinco metros de rodeo y la luz sigue encendida en el salón. Bajo el porche. Empiezo a contar los segundos: treinta. Uno, dos, tres... La madera blanca, recién pintada. Oigo el susurro del televisor. Me concentro: oigo el viento en las copas de los árboles. Entre los bastones veo el cielo. Fucsia. Malditamente fucsia, joder. Veinte segundos. Veintiuno. Saco el revólver. Veintidós. Tío, vamos. Se oye una lechuza. No sabes cómo coño suena una lechuza. Oigo el mar. Veinticinco. Huelo la yerba. Veintisiete. Me palpita el corazón. Veintiocho. Me gusta el color del cielo. Salto, tres pasos, dos pasos, tres pasos, puerta de la cocina. Treinta segundos. Ventana. No mires. Miro. Le veo. Sentado en el sofá. Humea el café. Parpadea el televisor. Tiene un libro abierto en el regazo. Veinte segundos. Me palpita el puto corazón. Te palpita el puto corazón. Tu puto corazón fucsia, huele a sal a yerba a lechuza. Mierda. Quince segundos. Mierda. Eres bueno. Eres el mejor. Cinco segundos. Gateo. Dos pasos, no tres, treinta segundos, no diez, ventana, esta ventana no. Lechuza, café, televisor, sofá, mar, cielo, sal, yerba, mierda. Revólver. Un segundo, dos, tres. Mierda.

martes, 27 de abril de 2010

Procesador de datos


M-i-s-v-e-c-i-n-o-s-m-e-o-d-i-a-n. Tú tecleas. Ella contesta: PORKEEEEEEE. Tú tecleas: s-i-t-u-v-i-e-r-a-q-u-e-e-l-e-g-i-r-u-n-c-u-e-r-p-o-e-n-e-l-q-u-e-r-e-e-n-c-a-a-a-a-r-n-a-a-a-a-r-m-e-e-e-e-l-i-g-i-r-i-a-u-n-b-y-t-e. Tarda en contestar, pero aparece en tu pantalla: ¿Qué? Con acento y todo, tú piensas y tecleas: u-n-b-y-t-e. Silencio. El silencio de la red. Segundos. Microsegundos. Kilómetros. Microkilómetros. Tú piensas. Tú no piensas. Tú procesas. Estás enfermo. Busca en la wikipedia: enfermo. Tú tienes que abrir un blog que se titule: "Quiero ser un byte". Procesas. Tú tecleas: e-s-t-a-s-a-h-i-?-?-?-?-? Silencio. Tus manos y tu teclado. Tu mente telemática. Tu mano. Tu entrepierna. Abres otra ventana. Tecleas: s-e-x. Tu mano se desliza. Tu bragueta se abre. Silencio. La pantalla parpadea. Sudas. Tú sudas. La minimizas. Tú procesas: puta. Pinchas en mujeres sexys. Tu mano la empuña. Ella parpadea, minimizada. Parpadea. Minimizada. Parpadea. Minimizada. Parpadea. Parpadea. Parpadea. Parpadea. Miniiiiiiimizada. Sueltas la empuñadura. Tú intentas respirar. Tú intentas formatearte. Atiendes al parpadeo. Tú la maximizas. Ella ha tecleado: ¿estás byte? Pero hace tiempo que has perdido la conexión.

martes, 30 de marzo de 2010

La Bien Querida


Esta mañana escuché en el jardín de tu casa
una canción que decía algo parecido
a lo que venía pensando
mientras tú leías un libro
y me quedé sin palabras
porque no tuve ni tengo el valor de decirlo
"De momento abril"

viernes, 26 de marzo de 2010

Jim, Miles, ella y yo


Salgo al porche y enciendo un cigarrillo. Hace frío y subo los cuellos de la chamarra. Se escucha el tráfico de la autopista a unos cincuenta metros, detrás de una arboleda que apenas parece una sombra. Aún está amaneciendo. Respiro, fumo, juego con el vaho. Esto parece una foto de Jim Marshall, ¿sabes? Ella ha aparecido por detrás y me abraza. ¿Cuál? Si tú fueras Janis Joplin y yo cualquier músico de acompañamiento y lo nuestro una historia de amor imposible, Jim Marshall debería estar aquí para sacarnos una foto en este porche. El sol aparece tímidamente detrás de la arboleda, por encima del ruido de la autopista. Se aparta, se abrocha la chaqueta y me quita el cigarrillo. Mira al mismo sitio hacia el que miro yo: Y si esto no fuera Burgos, claro.
Le da una calada, lo tira al vacío, y dándose media vuelta, cierra la escena: me vuelvo a la cama.
Yo me quedo allí de pie. Y pienso: ¿qué demonios quería decir con lo de Jim Marshall? Tío, parece que no reconoces el valor de las cosas si no se detienen en un instante, ¿me entiendes? No, no lo entiendo. Quiero ser Miles Davis en esa fotografía detenida en la que pierde la mirada porque mira música, su cerebro está lleno de música, sus ojos están llenos de música, y tú no lo entiendes. Busco otro cigarrillo y lo enciendo, y me siento en las escaleras y observo como el sol empieza a escalar la arboleda y se va acercando hasta el aparcamiento del motel. Puede que esto sea Burgos, que ella no sea Janis Joplin, que yo nunca consiga ser Miles Davis y que a Jim Marshall ya no le apetezca sacar fotos, pero la potencia está aquí, suspendida en el aire, inútil y desaprovechada.

Media hora más tarde, me despierta con una toñeja. Me incorporo de golpe. Estoy entumecido. ¿Cuál? Te has quedado dormido en las escaleras, por dios. Está vestida y lleva el bolso en la mano. Me voy a desayunar, anda, lávate la cara y vístete, te espero en el restaurante.
Cuando llego ya ha terminado sus tortitas y su café. Está fumando en silencio y leyendo el periódico. Un estruendo agudo anuncia mi entrada en el café, la puerta deja de chirriar cuando la cierro. No hay nadie. Solo ella, sentada al final, en una mesa, junto a la ventana, y detrás se ve el tráfico de la autopista, sombras multicolores que aparecen y desaparecen a cientocincuenta kilómetros por hora. Ya no hace frío fuera, ni dentro, y huele a café rancio y a moqueta. Un camarero de pelo revuelto y sonrisa falsa aparece por el fondo de la barra. Me acerco después de decirle hola a ella con la mano. Un café y... ¿Tostadas? Sí, ¿con aceite, tomate? No, mantequilla. Bien, yo se lo llevo, caballero.

No levanta la cabeza cuando llego. Enciendo un cigarro y miro el tráfico: es gracioso verlo sin escucharlo, como un televisor con la voz en off. Qué lees, la pregunto sin mirarla. Hace un ruido enternecedor, y con habilidad, gira el periódico y lo coloca de tal manera que soy yo el que lo lee. Fíjate tú, dice.
Y leo: fallece el fotógrafo de estrellas de rock Jim Marshall. Sigo: El artista se hizo famoso en los años 60 con sus imágenes de festivales como Monterrey o Woodstock.
Llega el camarero: aquí tiene caballero, un café con leche y unas tostadas. ¿Desean algo más? Tráigame a mí otro café, gracias, dice ella, que vuelve a mirar un segundo después: ¿qué, Miles?, ¿quién te va a sacar ahora las fotos?

Me siento rodeado, físicamente, por el café, las tostadas, el cigarro, el periódico, la silla, la mesa, ella, el camarero, la moqueta, el tráfico que no se oye. Me siento sucedáneo. Extrañamente estúpido, engañado. Tengo la resaca de la antesala de la enésima renuncia a estallar. No sé quién es ella, no sé quién soy yo, no sé quién es Jim Marshall y no sé por qué voy a Burgos y toda esa retahíla que cualquiera esperaría que retumbara en mi cabeza durante los veinte segundos que permanezco en silencio, con el morro arrugado, el cigarro consumiéndose entre los dedos, mirando las letras impresas del periódico como si se fueran a echar a andar.

¿Qué?
Nada.
En fin.

Vuelve el camarero con su café y hago clic, ya está, sonría por favor.

martes, 16 de marzo de 2010

Hotel con encanto


Hemos caminado demasiado, demasiado lejos. Pero ha merecido la pena. Desde aquí arriba se ve todo. El valle, el pueblo abajo, todo eso. El río. También se ve el río. Seguro que si fuera un día soleado se vería todo aún mejor. En realidad, estamos a diez minutos de la casa, pero parece que hemos caminado durante años. Primero por un camino vecinal que dibujaban los muros de las huertas, después ella dijo vayamos por aquí, y seguimos por una pista forestal embarrada. Dijo que le gustaba mancharse los zapatos y sonrió. Yo solo asentí y eso fue todo lo que hablamos. Quizás por eso parece que hemos caminado hasta hacernos viejos. Pero ha merecido la pena: el valle, el río, las montañas al fondo. Creo que a ella también le gusta.
- Antes de que te pongas romántico, déjame decirte una cosa.
Doy un paso hacia adelante y me pongo a su altura, casi al borde de un talud de hierba fresca que me imagino como un precipicio. Desde allí también se ve la casa, con su tejado húmedo. La sonrío y ella bosteza.
- Antes de que te pongas romántico, hadme un favor...
- Lo que quieras.
Yo también bostezo. La noche ha sido larga. La noche ha sido intensa. Ella se quedó dormida, pero yo seguí pasando canales sin subir la voz del televisor. El resplandor dibujaba sombras sobre su espalda, pero no me atreví a acariciarla.
- ¿Has traído el móvil?
Digo que sí con la cabeza. Busco en el abrigo pero lo encuentro en el bolsillo del pantalón.
- Aquí está.
Quizás ella mira hacia abajo y ve otra cosa, ve algo, sabe el nombre del río, conoce a alguien en la ciudad. Yo veo un valle, un río, unas montañas al fondo. Un día nublado que me ayuda a que todo parezca aún más real, mucho más real de lo que empiezo a pensar que es, pero eso solo es porque vuelvo a bostezar.
- ¿Te importaría marcar un número?
- Dime.
Dice el número y se agacha hasta que se queda de cuclillas. Marco el número sin pensarlo. Espero a que de señal. Después bajo el brazo y susurro:
- Toma.
Nadie lo coge. Dejo de mirar al horizonte, pero ella no, pero ella dice que no con la cabeza y sin mirarme añade:
- Es para ti.
Tiemblo mientras me llevo el móvil otra vez a la oreja. Ya habían cogido. Silencio. El valle es ahora más inmenso, el río más bravo, la ciudad más grande, el día más nublado. No sé por qué pero pregunto.
- ¿Quién?
Y ella contesta:
- Págala, paga el hotel y vuelve a casa. Tenemos que hablar.
Se pone de pie, se vuelve, pone su mano sobre mi hombro y volviendo hacia el camino de tierra susurra:
- Al menos, el hotel era bonito.

martes, 9 de marzo de 2010

Hasier Larretxea


La libertad
es abandonar en pocos segundos
todo lo que te rodea
y comenzar una nueva vida.
Tener la oportunidad de hacerlo,
sin saber a dónde ir, ni qué hacer.
Azken bala / La última bala

Sofía Castañón


Como en las películas, aún creemos
en la magia del verano
el poder del amor
la voluntad del destino.
Animales interiores

lunes, 8 de marzo de 2010

El puto gato


Hacía frío.
Acababa de ver a una ardilla enredando en el cenicero del balcón. Ella había dicho algo desde su habitación, pero no la hice caso. Lo gritó otra vez, y seguí sin prestarle atención, pero dije que sí mientras intentaba convencer al puto gato que se llamaba Maverick de que me dejara sentarme en el sofá.
No lo conseguí y me fui al frigorífico. Cuscus por todas partes y muchas ganas de devolver. Las bolas de carne picada seguían en los tuppers del Spaghetti Works.
Ni tan siquiera sé qué ostias comer, joder.
Volví a la sala de estar y me senté en el otro sofá mientras el gato me miraba ufano. Más de setenta canales y empecé a viajar de uno a otro. El último era un canal de videos musicales. Me atrajo un video de My Chemical Romance, de la música no me acuerdo. Justo el siguiente fue Oceans Breathes Salty de The Modest Mouse. Apareció por el salón y me preguntó: ¿me has oído?
Pero no la hice caso.
Oye, dijo.
Y dije que sí con la cabeza.
¿Vamos entonces?
Y dije que sí sin dejar de mirar el televisor. Movía los labios, mi pierna derecha temblaba ligeramente. Vi como el hijoputa del gato se levantaba para dejar que ella se sentara en el sofá. Cabrón.
¿Quiénes son?, preguntó.
Y me encogí de hombros mientras mi pierna derecha temblaba y mis labios se movían sin saber qué decir.
Fuimos al puto bar porque yo había dicho que sí. In my head in my heart in my soul iba silbando mientras ella conducía. Nos encontramos con esta puta gente. Supongo que el puto gato volvió a subirse al sofá. Tenía hambre y mientras ellas hablaban, yo miraba un puto partido de fútbol americano en el televisor del bar. Mi pierna derecha aún temblaba. Y al despedirnos mascullé puto gato una vez más. Puto es una palabra agradecida. Nunca te exige nada. Todo eso pensaba mientras les daba dos besos para despedirnos.
Volvimos a su casa. Volví al canal musical pero ya no estaban. Me voy a acostar, debió decir, y también creo que preguntó si por la mañana iba a seguir allí. , debí decir.
Ella se acostó en su cama y yo dormí en el sofá. Sin noticias del puto gato. A las cinco de la mañana un ruido me despertó. La ardilla había vuelta al cenicero. El gato, de espaldas, me dio un susto de muerte. Cabrón, le susurré. Miré el reloj: las cinco y cinco de la mañana.
Me vestí, me lavé los dientes sin hacer ruido, hice la mochila y me fui de allí dejando una nota en el frigorífico: me voy, tengo prisa, te llamo, por cierto, no me gusta el cuscus.
Eran las seis menos veinte de la mañana y me metí en la gasolinera de la salida: una lata de mountain dew, una chocolatina hershey y un paquete de lucky. Leí el periódico, vi las noticias en el televisor. A las siete en punto cogí el coche y conduje hasta el downtown. Todo cerrado.
Busqué la cafetería que sabía que estaría abierta y me tomé cuatro cafés solos mientras leía a Sam Shepard y miraba el reloj cada veinte minutos. A las nueve me di una vuelta por el Old Market. Un policía receloso me siguió de lejos durante unos minutos. Me senté en la puerta de la tienda de discos, saqué el libro de Sam Shepard y el paquete de lucky e intenté no quedarme dormido. Al cabo de una hora, un tío de barbas con una camisa de cuadros y unos vaqueros raídos me despertó con el ruido de las llaves.
Hey, man.
Hey you.
Can I help you?
I was just waiting for you to open the fucking cat, door, sorry.
Couple of minutes, dude.

Y los esperé. Después entré, y me sonrió como si no acabara de hablar conmigo. Tenía puesto un chaleco y en el chaleco tenía clavada una chapa muy guay: Can I help you?
Modest Mouse.
What?
Oceans Breathes Salty and lalala
, le contesté.
Y me guiñó un ojo. Se excusó y volvió en un par de minutos: Here You Are.
Al salir, el poli seguía en la esquina pero ya no se acordaba de mí. El resto de las dos horas de vuelta a casa escuché aquella canción como unas treinta veces seguidas. De manera enfermiza, cambiando la letra para gritar: fucking cat fucking cat fucking cat. El ratón modesto corría delante, pero el coche no podía evitar seguir con las ruedas pegadas al asfalto.

Isaac Brock


Your body may be gone
I'm gonna carry you in
in my head in my heart in my soul
and maybe we'll get lucky and we'll both live again
Well
I don't know I don't know I don't think so
Oceans Breathes Salty in Good News For People Who Love Bad News