viernes, 22 de enero de 2010

Orson Scott Card



What's going on here in Steuben is so evil and he is so good and pure that he can't help but feel it... The rest of us, we've got good and evil mixed up in us, and our own badness makes so much noise we can't hear the evil of the monster out there... The evil that pushed those names into his mind, that is real.
Lost Boys

sábado, 16 de enero de 2010

Nacho Vegas


Si pudiera elegir
sólo un deseo
pediría vivir
siempre cerca del cielo.
Un cielo tan real
como el abismo,
en una guerra tan cruel
como la de uno contra uno mismo.
Cerca del cielo

Excursión


Tumbado intenta recuperar la respiración y el olor de la hierba fresca le transporta a otro sitio, a otro tiempo que no sitúa pero preferiría estar ahí, aquí también está bien y sigue respirando con excitación y huele el olor de la hierba fresca y de la noche fresca y del silencio de los pinos que apenas cierran el techo de estrellas en el que se fija mientras intenta recuperar la respiración y el olor de hierba fresca no le deja escuchar un siseo continuo y ver un resplandor tenue y sentir un calor efervescente como si alguien se hubiera dejado una hoguera encendida en medio de la noche estrellada un día frío de montaña donde se cuentan historias, se confiesan secretos, se susurran fobias y se disfruta del olor a hierba fresca, del olor a noche fresca, del silencio de los pinos y la fronda que le esconde y le protege, le reduce a un solo hombre perdido en el bosque mientras su coche accidentado arde en silencio unos cuantos metros más abajo.
No consigue recuperar la respiración. Tampoco se mueve.
El resplandor es más fuerte, el calor más intenso y el siseo se ensordece.
No consigue transportarse a otro sitio, a otro tiempo.
Las estrellas no se mueven, el silencio no se rompe, el frío no le despierta.
No se mueve. No consigue respirar la recuperación. Mueve se no. No.
El silencio se rompe.
El frío desaparece.
Las estrellas se atropellan en sus ojos.

jueves, 14 de enero de 2010

Si me sacas a bailar


Bailaré. Bailaré sobre tu tumba si me sacas a bailar. Y tendré. Tendré respeto por tus muertos si me sacas a bailar. Pero no me sacas a bailar, ¿verdad? Y yo me digo, tío, estás fumado. Mejor, aquí, al final del salón, en el rincón, fumado, sin que nadie te saque a bailar. Puedo ser un psicópata. Tengo potencial. Pienso: de mayor llegaré a director de sucursal, ¿que no? Y podré contar cuando era un marginado que fumaba porros en un rincón del salón de baile. Porque si me sacas a bailar te bailo las cuarenta, se acaba mi futuro, me pongo a mendigar. Sé bailar. Tomaré lecciones. Tendré cojones. Dejaré de fumar. ¿Qué estoy diciendo? Lo dicho: si me sacas a bailar, bailaré, bailaré uachuduhué uachuduhué.

Martin Etchart


"Teach me," I said.
"Zer?"
"Basque," I said.
"Say please," Aitatxi said.
"Please."
"In Euskara."
"Plazer baduzu," I said, surprised at the words that came out of my mouth.
"Untxa," Aitatxi smiled. "Zure bihotza, it remember"
The Good Oak

martes, 5 de enero de 2010

Pan


Todo lo que tenía que hacer era comprar el pan. No era tan fácil, sin embargo. Se había levantado a las siete de la mañana, sin rodeos, como un resorte, adelantándose al despertador. Sonó después, más tarde, cuando ya corría el agua tibia en la bañera… Se estaba afeitando y el inesperado estallido punzante le dejó de recuerdo un jabeque en la mejilla.
Se notaba algo ansioso, más nervioso de lo acostumbrado. Acelerado en los movimientos, renqueaba cuando no ocupaba el tiempo en algo: al terminar de asearse, de desayunar, de calibrar el día por la rendija de las cortinas, de acicalar la casa, ahuecar la almohada, sacar brillo al oropel… Hubo un momento acuciante cuando descubrió que no tenía nada más con que disculparse. Se encontró de pies, inquieto, en medio del salón. Se llevó el dedo gordo a la boca y mordisqueó la uña. Se estaba poniendo cada vez más nervioso. Buscaba un salvavidas en un mar proceloso. Sentía ya vivas las ganas de hablarse a sí mismo, pero eso no, no, no podía volver a oír Aquella Voz. ¡El teléfono! Vio el teléfono sobre la mesilla con su toquilla amarilla y las fotos de ojos penetrantes que ya no penetraban, le atravesaban, sin dejar huella, como si fuera un holograma hueco. ¡El teléfono! No podía volver a oír Aquella Voz. Se lanzó al sillón, se acurrucó junto a él y pensó: a alguien tengo que llamar, a quién, a quién puedo llamar, qué puedo decir, a quién, a quién… Aquella Voz cada vez estaba más cerca, ya se oían resonar los pasos de los zancos de los flancos y las alas de Aquella Voz ponzoñosa que planeaba sobre su mísera, vacilante, mutilada… ¡Claro! ¡A…..! Se le ocurrió llamar a su amigo ….. Podía preguntarle por la algarabía que había hacía tres días en el rellano de su portal, lo vio desde la ventana, el jueves, y se preguntó: qué demonios a organizado Don ….. Fue la última vez que escuchó Aquella Voz. La Voz… Ya no estaba seguro de llamar a ….. La última vez que escuchó La Voz, pronunció el nombre de ….. ¿Qué podía hacer?, por Dios, ¿qué podía hacer? Cada vez estaba más cerca, habíanle empezado a temblar las piernas, las manos, se detuvo a mirarlas, se desbocaba el caballo, perdía las riendas…
Se puso de pie de golpe, de súbito, como se levantó esa misma mañana, y ante la sorpresa mayúscula de si mismo, dijo alto y claro: “bien, vamos a ver, qué ostias pasa contigo, ¿te quieres comportar como Dios manda? Ahora mismo te vas a sentar en la cocina, vas a coger el bloc, el lápiz y vas a trazar un plan bien definido de lo que tienes que hacer para comprar el pan. Solo tienes que comprar el pan, ¿de acuerdo? Solo tienes que comprar el pan”. Mientras tanto, estaba claro, había ido andando, decidido pero cauteloso. Recorrió el pasillo, abrió la puerta de la cocina y ya estaba sentadito a la mesa, con el bloc enfrente, el lápiz a la vera y jugaba a esconder el asombro por su arrebato perdiendo la mirada en el crujir luminoso del fluorescente que no acababa de encenderse. Pero no podía: se había enfrentado a La Voz con Otra Voz, ésta, contundente, cabal, poderosa, suya, ¿mía?, pensó, ¿había sido él?, ¿qué había pasado? Pero no podía pararse a pensar qué pasaba, solo debía seguir acatando a La Nueva Voz que se apoderaba de él, varonil, segura, directa: “Bien, escribe: título: Comprar el pan”. Escribió. “Primer paso: buscar en la cómoda la calderilla, contar el dinero, averiguar cuánto cuesta el pan, ¿te acuerdas?” Empezaba a hacer buenas migas con La Nueva Voz, a Aquella Voz ya ni la recordaba, no se la intuía, ya no la sentía agazapada tras la casamata de su conciencia enfermiza. El pan costaba ochenta céntimos. Apuntó: “Contar ochenta céntimos”… Así ocupó una hora fugaz, en solaz conversación con su Nueva Voz, trazando un plan estratégico que le sirviera para comprender qué fácil era su tarea: solo tenía que comprar el pan.

lunes, 4 de enero de 2010

Gregory Martin


Later that winter, my uncle George carves Gramps a cane. Like most canes, it has a round rubber shoe on its bottom and a smooth, curved handle. Below the curve, George has engraved the bust of a mustang, the details so intricately rendered that it must have taken him days to finish. George wants Gramps to see the horse with his fingers. The horse's neck arched and rearing back, its eyes rolling wildly, its nostrils flared. Gramps has always refused to use a cane before, and so George makes him one he has to use, or else seem ungrateful. George is banking on that. The cane's craftmanship is also, in another way, a credit to George's consideration. People lavish attention on the cane, on how well it was made, and not on the fact that Gramps now has to use one. George has been around too many old cowboys not to know a few things about pride.
Mountain City